e-book

Después de unas cuantas malas decisiones, unas cuantas indecisiones, largos ratos de documentación y una dosis de suerte la versión e-book de Días de nada y rosas está en Amazon.

Al poco de terminar el proceso de envío encontré un blog en el que se describían muy bien los pasos a seguir para poner un libro en la red y en el que se decía algo que me pareció muy cierto: “Lo primero que voy a decir es que publicar un libro en Amazon lleva bastante trabajo.”

Blog_181Partiendo de este consejo el resto de información que da el autor del blog es muy útil y precisa. Podría pensar que vaya casualidad, justo después de haberme enredado y perdido tantas veces ahora encuentro la receta. Sin embargo me parece que la explicación es otra. Era como en las clases de matemáticas o física, o cualquier otra materia que requiriese resolver problemas. El consejo del profesor era siempre el mismo: intenta hacerlo, no te limites a copiar la solución. No es lo mismo haberte enfrentado al problema, haberle buscado las vueltas aunque se hierre una y otra vez, que copiar, sin prestar atención, lo que pone en la pizarra. Verdaderamente se aprendía aunque no se hubiese sabido resolver el problema.

En mi paso por el Ministerio me pasó algo parecido. Se trataba de manejar no se qué programa informático. El tipo que me iba a enseñar me dijo: tú primero naufraga un poco y después nos vemos.

Hay que intentarlo. Y si no se intenta no hay nada que hacer. Hacerlo mal es parte del camino.

En este punto del proceso no estoy seguro de lo que he hecho con Días de nada y rosas. De entrada ¡se me ha olvidado poner el nombre del autor! El precio lo he puesto en dólares, que me parecía más sencillo en la aplicación de Amazon, tratando de ajustarlo a 3 euros, para lo que había que tener en cuenta el IVA o VAT. Tampoco sé qué precio puse al final. ¿Llegará una carta de Hacienda requiriendo una parte del pastel? ¿El pastel será de 10 euros?

Días de nada y rosasHe desbrozado camino. Porque hay más cosas por llegar: la versión en inglés de este libro. Me estoy arruinando a base de clases de inglés particular, pero ya tengo un relato. ‘Altitud en vena’ y ‘Aquí Bahía’ se van acercando a ediciones bastante definitivas. Y luego están los audiobooks…

Aunque resulta algo tedioso y complicado el mundo de la edición está en pleno proceso de cambio. Antes era todavía más difícil. Así es que no es momento de quejarse, sino de celebraciones.

Muchas gracias lectores.

Los cedrales de Azrou

Desde la ventanilla del coche de alquiler se ven improvisados partidos de fútbol. Se ve cómo la agricultura se adueña de los bosques. Se ven controles de velocidad y aves esteparias ajenas a los desmanes del ser humano.

Blog_176La autovía llega hasta Rabat y sigue hasta el sur. Hasta Agadir. Es el camino para aquellas incursiones que tienen como objetivo encontrar especies raras. Hay otra autovía que va hasta Meknes. Aunque esta es de menor rango. La gente cruza aquí y allá. De vez en cuando hay una rotonda. Hasta Azrou, al sur de Meknes, no se tarda mucho más, aunque esta es ya una carretera de doble sentido.

Al viajero le tiene que llamar por fuerza la súbita aparición de bosques de coníferas. Cuadran más en otras latitudes. Son los cedrales del Atlas Medio. La perplejidad aumenta cuando se ven barreras preparadas para cortar la carretera en caso de nevada. Y aún más cuando te dicen que hay monos por allí.

Blog_179Decidimos pasar la noche en el hotel Diamond de Azrou. La villa de Ifrane, a base de apartamentos con tejados a dos aguas al estilo alpino, no nos seduce mucho. Aunque las habitaciones no cuenten con baño privado y el dueño lamente que no tengan televisión, nos parece muy adecuado que abajo haya un café abarrotado de nativos.

Nos aseguran, además, que a partir de las seis de la mañana está abierto y se pueden tomar unos msemmen (un tipo de crepes marroquís a base de varias capas) recién hechos. Aunque no nos lo creemos nos gusta mucho que nos lo cuenten.

La vida en el café es adictiva. Antes de buscar un lugar donde cenar nos mezclamos con la población local. La gente departe, lee periódicos arrugados y bebe café o té. Los camareros vienen con sus amplias bandejas y acompañan las bebidas calientes con una botella de agua fresca y unos vasos. Llama la atención la abundancia de portátiles y móviles. Hay wifi.

La gente pasa las horas muertas alternando café y tabaco. La brisa convierte los cigarrillos en quebradizos cilindros de ceniza.

Comemos cordero asado. Son pedazos de un costillar. Hay que andar con cuidado para no tragarse las esquirlas de los huesos. Parece que corten la carne a martillazos. Como no hay jabón, ni toallas, ni agua caliente, ni servilletas en condiciones (el papel de estraza resulta poco versátil), ni vino o cerveza es imposible disolver la grasa del cordero. Que  termina en el pelo y la ropa. Entre las barbas que me crecen descuidadamente.

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Madrugamos con la idea de salir pronto a hacer nuestro recorrido por el cedral. No ha nadie en recepción. Pedimos un café. Y luego un té. Ni rastro de aquellos msemmen recién hechos. Van saliendo más inquilinos del hotel. Pedimos otro té. Por fin un tipo de la mesa de al lado nos dice que él nos puede conseguir unos crepes. Cuando llegan el té se ha enfriado.

Empieza a hacerse tarde. No hay nadie en recepción. Varios clientes entran y salen. Querrán pagar, como nosotros. Llevamos una hora de retraso. Tocamos el timbre. Golpeamos el mostrador. Viene el tipo que nos ayudó antes. Pega unas voces. Y de entre un amasijo de mantas emerge un tipo. Somnoliento. Yo creo que no soba ni dónde está. Le pagamos. No lo cuenta y mete todo en un cajón. Tengo que pedirle una factura para justificar los gastos.

Me voy sin la factura. Obviamente.

El muro verde de cedros y encinas tapiza la cara norte del Atlas Medio. Esa ladera termina en un altiplano que está a dos mil metros. Allí el panorama es distinto. Hay bosquetes aislados de árboles. Y también en pequeños barrancos. Nos preguntamos cómo era esto antes. Siempre tendemos a hacernos preguntas de este tipo. ¿Había cedros? ¿O aquí el clima es tan duro que la vegetación potencial son pastos y sabinas?

Blog_170Los cedros debían de cubrir todo esto. Hay minas de cobre cerca. Siempre que hay minas hay pocos bosques. Sin embargo los numerosos rebaños de ovejas también nos hacen pensar en el sobrepastoreo como causa del deterioro del paisaje. ¿Se taló el bosque para crear pastos? ¿Es eso sobrepastoreo? En realidad el exceso de carga ganadera lo que puede provocar es la desaparición del pasto, de la piel protectora del suelo, y desencadenar procesos de erosión.

Blog_178Por otra parte es difícil mantener una presión ganadera continuada sobre un territorio. Los animales dependen del pasto y del agua. Si acaban con el pasto tienen que irse. Algo parecido a lo que sucede con las poblaciones de herbívoros salvajes. Tratándose de animales domésticos pueden resistir un poco más, puesto que se les puede suministrar agua y pienso. Aún así, resistir todo el verano y año tras año, significa un modelo de subvenciones dedicadas a dar de comer a los animales. Me inclino a pensar que estos animales van y vienen, trashumando el territorio. De todas formas no dejan de ser improvisadas conclusiones desde la ventanilla del coche. Habrá que buscar literatura y volver. Por ejemplo después del verano, a ver qué pinta tiene entonces el altiplano.

De vuelta a Ifrane, cerrando el circuito para retornar a Tánger, vemos un camión cargado de gruesos troncos. Puede que el pastoreo contribuya a la degradación, pero la verdadera descapitalización de la región se explica por la tala de esos gigantes.

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El coche en el que vamos es alquilado. La verdad es que el local en el que lo arrendamos no daba muchas garantías. El mobiliario era una mesa. Había un tipo con los pies encima, jugueteando con el móvil. Un montoncillo de chatarra variada, algo así como repuestos, yacía exhausto bajo una densa capa de polvo.

Un par de días antes habíamos acordado el precio y el tipo de coche. Cuando fuimos a recogerlo el coche no aparecía. Después de un rato de dudas y renegociaciones aparece un Dacia Logan. Arrancamos y el depósito está en reserva. Pero ya no nos queda tiempo para seguir negociando y nos vamos. Es muy difícil devolver un coche en reserva y ahí el tipo se saca un extra.

Pero no sabía con quien jugaba.

En el camino de vuelta empezamos a hacer cálculos y decidimos devolver el coche seco. Van cayendo los kilómetros. Entramos en reserva a 300 kilómetros de Tánger. Echamos unos 15 euros. Siguen cayendo los kilómetros y las rayas del depósito. Y otra vez en reserva.

Nos miramos los unos a los otros. Como uno de nosotros ceda echamos gasolina. Pero no. Nadie se raja. Bueno, dice alguien, si queremos devolver el coche como nos lo dieron ya sabíamos que íbamos a pasar por este ratillo de angustia.

Se masca la tensión. Es divertido. El tráfico empieza a ser denso. Parar en los semáforos, arrancar, consume mucho. El conductor hace malabarismos para adaptarse al caótico tráfico y nuestro capricho de ver hasta dónde llega la reserva. Jugando con marchas largas. Bajando en punto muerto las cuestas. Dejamos atrás varias gasolineras. Alguien recuerda: “Somos conscientes de que acabamos de dejar atrás otra gasolinera, ¿no?”.

Debe quedar muy poco combustible. Un litro y algo. Según el GPS en línea recta hay dos kilómetros. Pero en Tánger no hay líneas rectas. Tenemos clara nuestra disposición en cuanto el coche de ahogue. Nos bajamos rápidamente: Uno dirigie el tráfico. Dos para empujar.

Seguimos. Callejeamos intuitivamente. Necesitamos arriesgar en un par de cruces complicados. Nos deben de quedar tres acelerones. Llegamos al hotel. Bajamos el equipaje. Llegamos al parking. devolvemos las llaves. Con suerte puede que tenga para llenar el mechero.

Estaba claro que no sabía con quien estaba jugando.

 

Una vuelta por el Rif

La carretera que da acceso al Mausoleo de Moulay Abdessalam se va empinando y estrechando. Hay una serie de puestecillos y pequeños sitios donde comer. Se venden frutos secos presentados de forma esmerada. Hay nueces y almendras. Y lo que parecen ser turrones. El Santuario tiene su interés. La panorámica que se tiene desde arriba es muy buena. Para llegar hasta allí hay que descalzarse. Pero lejos de resultar algo incómodo la experiencia es agradable. Paseamos entre las letanías que tíos con barbas dedican a Alá. El suelo está tapizado con planchas de corcho, sacadas de los alcornocales que atravesamos hace un rato.

Al aroma de las brasas decidimos comer en lo que promete ser un restaurante interesante. La carnicería, en simbiosis con el local, y también al aire libre, parece buena. No hay muchas moscas. El tipo al mando viste un inmaculado delantal blanco. Cada vez que atiende a un cliente me recuerda a un farmacéutico. Las manos sobre el mostrador, asiente varias veces y en silencio saca un cuchillo enorme y con pericia obtiene la pieza que le han pedido. Lo pesa escrupulosamente. Si es carne picada añade o quita hasta que peso exacto. Lo envuelve y listo. Sin sangre, ni manchas, ni ruido. Un profesional.

Blog_173Liberado de la posibilidad del pescado frito me relajo. El pan, de entrada, es bastante mejor que los anteriores. Se nota que estamos en terreno rural. Y las aceitunas impresionantes. Después traen un brebaje verde hirviendo. Resulta ser harina de habas –muy abundantes en la zona, como hemos visto- con un aceite de oliva excelente. La emulsión resultante, denominada bissara, se rebaña con el pan. Nada de cubiertos, que es de mala educación. Y nada de servilletas. Y nada de vino.

Enredado en esta tarea, mientras picoteo aceitunas, llegan las primeras remesas de carne a la brasa. Son costillitas de cordero y filetes de carne picada, llamados kefta.

La nariz me gotea. Las manazas llenas de grasa. Busco un pañuelo. Mancho el bolsillo en la incómoda maniobra. Me sueno. Sigo mojando pan. Hay que adaptarse.

Hoy hemos tenido una instantánea de cómo era el mundo. Uno de los propósitos del proyecto y de esta excursión es conocer la vegetación potencial del lugar y así poder clasificar el territorio en unidades de vegetación. Para esta empresa los morabitos son excelentes herramientas. Los morabitos son pedacitos de tierra sagrada donde se enterró a personajes relevantes. Santones y cosas así. Alrededor de sus tumbas, a veces, se iban acumulando lápidas de los seguidores de ese santo. El carácter sagrado que adquiría el lugar conllevaba el respeto por todo lo que lo rodease. Por eso la vegetación se dejaba intacta. Estos lugares son testigos de lo que pudo ser el ecosistema si no se hubiese explotado. Normalmente son pequeñas parcelas alrededor de la tumba –que está muy bien lo de la fe, pero el personal, además de creyente, tiene hambre- pero Helios nos llevó a uno que nos dejó a todos impresionados.

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En medio de un paisaje agrícola llamaba la atención una frondosa macha de bosque. Había acebos y coscojas arbóreas de gruesos troncos, lianas, musgo. La hojarasca conformaba un manto tupido que se iba incorporando al suelo. Era una selva. Y así era todo antes. Pero qué bestias somos. Qué capacidad de destrucción.

Obviamente este grado de conservación (calculamos unos 600 años al morabito por el porte de las especies) no es compatible con la vida humana. Necesitamos degradación para vivir. Desde la deforestación que conlleva la construcción de la cuenca de recepción de un aljibe hasta abrir caminos o campos de cultivo. ¿Pero de verdad no existe una opción de desarrollo intermedia? ¿No podemos dejar de arrasar hasta la última brizna de hierba para sacarle otro cuarto más a la Naturaleza? ¿Necesitamos transformar el territorio tan salvajemente para comer? ¿O es para tener otro televisor de plasma?

La impresión del morabito flotaba en todos nosotros. Después de atravesarlo vimos algo que todavía tuvo la capacidad de volvernos a sorprender. Allí, en la cima del promontorio, en paz, solemne, un gigantesco alcornocal nos llevó al éxtasis. ¡Qué grande es la Naturaleza!

Blog_175La excursión resulta interesante porque vamos interpretando el paisaje. Armando explicaciones sobre el uso del territorio y su transformación. Para mi gusto tratar de clasificar los ecosistemas en base a una vegetación potencial, original, sin tener en cuenta las presiones que sufren esas masas vegetales –de las que muchas veces tan solo quedan aislados vestigios- es algo poco útil. Diría que anacrónico. Es poco factible hacer reservas inexpugnables para guardar muestras de lo que fue el planeta. Esas reservas son acosadas por la población y acaban siendo vistas como trabas al desarrollo. De hecho las que vemos que se preservan responden a criterios de otro tipo: religiosidad.

La conservación a gran escala requiere la implicación del ser humano. Del que vive allí. Que entienda de una vez por todas, aunque su bienestar se base en el acopio, que su supervivencia radica en hacer bien las cosas. Que entienda que lo que sobreexplote hoy lo va a pagar mañana. Que no se puede huir hacia adelante, como hemos hecho hasta ahora. Mientras no cambie el sistema de valores y prioridades habrá que dar la razón a los ecologistas más conservacionistas: poner un candado a los tesoros naturales que quedan.

De Tánger a Larache

El Cabo Espartel es uno de los extremos de África. Lo dice el chófer del minibús. Por reseñar algo. Por hacer acopio de singularidades. Por hacernos creer que somos tipos afortunados al estar en lugares tan emblemáticos. El chófer va dando cuenta de los parajes que vamos atravesando. Nos dice, por ejemplo, el número de mezquitas que hay en Tánger. En la subida hacia el cabo, el sector chic de la ciudad, vamos viendo mansiones y casoplones. Orgulloso señala cual es la del rey Fah. Cual la de Kasogui. Dónde tuvo su residencia Juan de Borbón.

Diplomáticos, evasores de impuestos, futbolistas y traficantes de armas. No sé porqué pero siempre acaban siendo vecinos. El común denominador es la pasta. No importa cómo la consigas.

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En realidad el chófer va jugando un papel que no es el suyo. El verdadero guía de la excursión a Larache es el experto marroquí en humedales, pero es más aburrido.

Los ecosistemas leníticos que visitamos consisten en aguas residuales que se van colmatando de esqueletos de hormigón y escombros. Las nuevas infraestructuras -el tren de alta velocidad, la autovía- parcelan las masas de agua como paso previo a su desecación. El ecólogo señala escandalizado el impacto brutal del desarrollo.

A partir de la cuarta parada dejo de tomar notas. El viaje se ha convertido en algo previsible: parada del minibús, salir todos con cara cada vez más hastiada, esquivar la basura acumulada en la cuneta, hacer un esfuerzo por creernos que las detríticas aguas son un hábitat interesante, tirar unas cuantas fotos, medio entender la entremezclada conversación de español, francés y árabe, volver religiosamente al mismo asiento, encender el GPS para que siga grabando la ruta. Poco a poco el tedio nos embota.

Sorprende que, pese a las patadas que le damos al medio ambiente, todavía haya una fauna abundante. Vemos garcillas, avetoros, una llamativa carraca. Incluso de uno de esos ríos, lleno de sedimentos y cuyas aguas nos envenenarían a todos si las bebiésemos, un pescador saca varias anguilas. Hay fochas y cernícalos y unas cuantas especies más que mis amigos los biólogos sabrían identificar.

Blog_172El litoral atlántico muestra playas inmensas, desapacibles, vacías. ¿Por qué no rebosan de turistas, hoteles, chiringuitos? La playa, dice el chófer, dura hasta Larache. 40 km de arenal. Quizás las aguas sean muy frías, el viento no deje de soplar y el oleaje las convierta poco aptas para el baño. La generalizada falta de cerveza en el país es otra poderosa variable explicativa, conjeturamos.

Blog_168Larache es el destino final. Comemos en un lugar que parece bueno, a tenor de la masiva afluencia de comensales nativos. La carta es abundante. Pero una vez más nadie concreta (lo que queráis, a mí me da lo mismo, mientras no sea pollo…) y aparece en la mesa la consabida bandeja de pescado frito. No está mal. El pescado es fresco y está rico. Anillas de calamar, gambas, bacaladillas y unos lenguadines. Pero cansa. El mismo surtido de siempre. El mismo rebozado. Para beber agua y té, con exceso de azúcar.

En el tiempo que tardamos en comer las mesas de al lado ya han tenido dos o tres rotaciones. O comemos mucho o comemos despacio.

De postre té, como no.

Rematamos la jornada en las ruinas de la ciudad romana de Lixus. Es un paseo agradable entre piedras milenarias, que sobresalen entre la hierba. Una ruina en ruinas. Me gusta. El asentamiento se basaba en la explotación del pescado. Tiene su circo romano, su aljibe, sus murallas. El guía hace un esfuerzo por contarnos la historia en español. Lo hace muy bien el chaval. Además ir acompañado de Augusto y Helios –así se llaman dos de los expertos- parece muy apropiado para moverse por una antigua ciudad romana.

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Tánger

A Tánger llego con varias expectativas. Formadas a base de experiencias anteriores. Cosas que he leído o escuchado por ahí. Cosas que me han contado. Una se cumple. Efectivamente, la reunión es un rollo. Vacía, insípida. Uno se pregunta si no podría hacer algo mejor con su vida.

La otra expectativa no se cumple. Tánger no tiene nada que ver con esa ciudad cosmopolita que uno esperaba. No queda rastro de aquellos insignes personajes que se alojaron en sus hoteles. Tánger es otra megápolis africana que crece sin control. Ha pasado de 125.000 habitantes al millón y medio en una década. El puerto, la medina, la mellada fachada que da a Europa puede recordar a la decadencia de La Habana.  Casi romántica para el que no vive ahí. Pero cuando se entra al detalle, cuando se come varias veces el mismo pescado rebozado, cuando se comprueba que la ciudad ha crecido como un tumor hacia el interior y que los desagües vierten al mar directamente, a no ser que rebosen y antes perfumen las calles, entonces queda claro que ese encanto de ciudad internacional se ha evaporado sin remedio. Tánger se ve en medio día. Y los alrededores, si acaso, en otro medio. Para comer ‘pescaito’ mejor quedarse en Málaga o Cádiz. Allí, además, se puede acompañar como Dios manda y Alá prohíbe. Con cerveza o Barbadillo.

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Las grandes inmobiliarias parecen haber encontrado terreno abonado para seguir con sus desmanes. Llenando de esqueletos de hormigón los campos que rodeaban la ciudad. La diferencia con las ruinas no está muy clara. Hay miles de edificios aquí y allá. Edificios vacíos que esperan llenarse con gente. Otra burbuja. Otro modelo de crecimiento con pies de barro. Literalmente. Los cimientos de los edificios están en muchos casos inundados. Los bloques se han hecho a toda prisa. No hubo tiempo para dragar los humedales. No hubo tiempo para advertir que ese no era un buen terreno. Zonas inundables. Mosquitos. Aguas con pesticidas. La prisa nunca fue buena consejera. Cuando esto se hunda los capos de la construcción se irán a otra parte. Que arree el siguiente.

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Cuando se pasan varios días en un hotel empieza uno a ser testigo incómodo de los enjuagues que se traen entre manos los empleados. Probablemente como consecuencia de una mala planificación.

Como la reunión tiene lugar en el mismo hotel en el que nos alojamos, pasamos horas encerrados. Divagando a ratos por los rincones más insospechados. Irrumpiendo inesperadamente en las habitaciones. Descubriendo detalles inquietantes.

La impresión de solvencia, incluso de elegancia, que se puede llevar el usuario casual, desaparece en cuanto se pasan unas cuantas noches en el mismo hotel. ¿Cómo imaginar un sistema de reciclaje de cucharillas tan poco sofisticado? El primer día la ausencia de cucharillas puede parecer meramente anecdótica. El quinto jugamos a ver cómo los nuevos clientes las buscan sin cesar. Hay veinte cucharillas para todos. No sé porqué (quizás con una semana más hubiera bastado para averiguarlo) es un objeto tan escaso. Lo cierto es que los camareros las requisan en cuanto pueden. Casi se las quitan a uno cuando remueve el café. Después las echan a un balde de agua, que está nada más pasar la puerta batiente que conecta con las cocinas. De ese mismo caldo heterogéneo que van formado las cucharillas sucias el camarero que vuelve al comedor las saca, las seca con un paño y, voilá, listas para el siguiente café.

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El reciclaje se extiende a las comidas. Esto era esperado. Pero cansa. Las pastas que nos sorprendieron en el primer coffee-break reaparecen en los postres y después, con alguna modificación, en el desayuno del día siguiente. Empieza a dar la sensación de que hay tres o cuatro ingredientes en todo Tánger: pescado frito, agua, pan y té verde con menta.

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Se nos ha olvidado que hasta hace poco, en España, se podía fumar en cualquier lado. En África esto sigue siendo así. El vestíbulo del hotel está lleno de fumadores. Igual que los diversos saloncitos que constituyen el principal patrimonio del hotel. Las cortinas de la habitación huelen a ceniza. A mí, sin embargo, me da no se qué sacar la pipa. Tengo la sensación de que se van a poner en marcha los aspersores anti incendio. Y que después me van a meter en la cárcel. Por fumar.

Lo que si practico cada noche es  la shisha, es decir, la pipa de agua o narguila. En Marruecos es poco habitual. Podíamos decir que hay un gradiente de shisha que decrece de este a oeste. En Marruecos se asocia a algo así como con clubs de alterne. Lamentablemente esto lo averiguo al cuarto día. Y eso me cuadra con la mirada retadora, casi antipática, de la tipa que se encarga de traer las shishas y ponerlas en funcionamiento.

Para ser tan poco habituales las shishas de Tánger son excelentes. Y duran una barbaridad. Nunca logré terminar ninguna. Cada poco viene un tipo con una cacerola llena de brasas y renueva la combustión. Sin embargo creo que el tabaco es más flojo que otros. Debe de ser para turistas. Son efectos algo lenitivos, pero no dejan huella. No tengo la voz ronca por las mañanas.

Las noches de shisha en el encantador jardín del hotel, junto con una buena conversación, acaban por ser lo mejor del viaje.

 

La Ragua

La verdad es que, cuando menos, la estampa de aquella mañana resultaba curiosa. Mi buen amigo Isaac esperaba dentro del coche. Como siempre unos minutillos antes de la hora. Yo entraba y salía de la casa, acarreando un variado cargamento de apechusques.

Había nevado la noche anterior. Pero no sabíamos cuanto. Ni el frío que haría. Teníamos que estar preparados para las múltiples posibilidades que podía ofrecer la montaña.

Isaac salió del coche al verme aparecer para echarme una mano. Ya no me quedaban dedos para agarrar crampones, botas, tablas y un abultado etcétera.

Los esquís y los bastones. Ese era el motivo de la llamativa escena. Enmarcados por las palmeras de la avenida. Que yacían exánimes después de los temporales de marzo. El sol, el mar manso, hacían pensar en un bonito día de primavera.  Blog_159 Nos pusimos en marcha con la esperanza de, al fin, esquiar esta temporada. Era mi tercer intento del año. En los anteriores, donde las borrascas prometían cantidades ingentes de nieve, me quedé con las ganas. Por que las borrascas vinieron con mucho viento y la nieve desaparecía a medida que iba cayendo. No se asentaba.

La Sierra estaba cubierta de nubes. Nada que ver con el parte meteorológico de cielos rasos y soles justicieros. No se dejaban ver las cumbres. Paramos en La Calahorra a desayunar y decidimos subir a La Ragua.

La quitanieves no había pasado, pero la carretera estaba abierta. Dos camiones que venían de la cara sur, de las Alpujarras Almerienses, nos dieron ánimo para continuar sobre las rodadas abiertas. Parecía como si el temporal hubiese pasado hacía pocas horas. La nieve aún se sujetaba en las señales horizontales. Los árboles recubiertos de una cáscara blanca.

Blog_157En el parking no había nadie. Hacía mucho frío. Entonces, lo que resultaba inimaginable es que alguien, a apenas una hora y media de camino, estuviese sin camiseta, tomando el sol.

Extendimos las pieles de foca sobre las tablas. Nos pusimos la ropa de abrigo necesaria. Nos ajustamos las botas. Cerramos el coche y, por fin, nos pusimos en marcha.

Blog_158Progresamos pegados al bosque y cruzamos el riachuelillo que nos recordaba que era primavera. Subimos las alzas para acometer las primeras rampas. Imaginamos travesías de varios días. Pasando la noche en los refugios de piedra, junto a un buen fuego. O calentando una sopa en el infiernillo.

Blog_162Llegamos a un collado prometedor. Teníamos por debajo una magnífica pala de nieve por la que deslizarnos. La niebla cerraba el paisaje.

Reconfiguramos el equipo para el descenso. Plegamos las pieles. Nos pusimos el casco. Volvimos a ajustar las botas. Y las anclamos a las tablas.

Y fue una gozada. Y después una tortura. Con mi escasa técnica salí del paso donde la nieve había sido compactada por el frío. Después, según fuimos perdiendo cota y la nieve firmeza me resultaba imposible controlar el descenso. Las piernas, en esas condiciones, se fueron vaciando. Cada vez era más fácil caerse. Y con cada caída sufrían las fibras musculares más insospechadas. Porque había que ponerse en pie desde posiciones inverosímiles.

Blog_160A la postre no fueron daños irreparables. En el Andrés empezó el proceso de recuperación. Tomamos la salida de Dólar/El Pocico para llegar al templo del ‘rejo’ y de la buena tapa en general. Servicio rápido y eficiente. Tapas gigantescas y sabrosas.

Llegamos una hora más tarde a la playa. Bajo un manto de sopor, cansancio y magulladuras contemplé el agonizar de la tarde. Los vuelos rasantes de los mirlos en su afán por llevar hebras al nido que estaban haciendo. Todo eso de la nieve me parecía un lejano sueño. Algo inalcanzable.

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El patio de tu casa

En otoño ya han empezado las clases. La algarabía de los niños puede escucharse en los barrios solo durante algunas horas. Las que van desde la salida de los colegios hasta que se va la luz.

El otoño avanza, y ese espacio de asueto se va reduciendo.

Los patios guardan esos gritos. Las disputas. Los brotes de entusiasmo. Antes de la merienda. Se improvisan porterías. Se extienden cuerdas. Se arrinconan las pesadas mochilas, colmadas de libros y tareas.

Se pacta, se acuerda, se prometen fidelidades. Se jerarquiza.

Heridas. Golpes. Raspones.

A las ventanas la algarabía llega amortiguada. Se escucha con cierta envidia. Disfruto ahora, pasada la treintena –por no decir cerca de la cuarentena –, de lo que fuimos. Estos niños tienen suficiente con el entusiasmo que les provoca perseguir la pelota, arrimarse a la que le gusta, o estar a punto de ser pillado en el juego del escondite. No tienen espacio para sentirse desdichados.

Tristes patios urbanos en los que el sol ya se puso. La temperatura baja y se apuran los últimos instantes. La luz dorada de la tarde es penumbra sucia, gris. Es ese dusk que dicen los ingleses. Se roba tiempo a los deberes de mates.

Patios incrustados en la ciudad. Entre el asfalto, las aceras, los coches. Patios. Recintos para salvaguardar a las criaturas de los sofisticados peligros que propone la modernidad. Patios de baldosas cuadradas, deslucidos cementos y hormigón. Patios rectangulares, construidos sin imaginación. Obstáculos de mal gusto requeridos por aquellos que hace tiempo empezaban a cruzar la larga noche de la decadencia: Hay jardineras con los picos bien afilados. Tiestos con geranios que no tienen culpa de nada. Carteles en los que se prohíbe montar en bicicleta, jugar a cualquier juego de pelote, hacer ruido. Casi reírse.

Pero ni así. Es un espacio que se llena de vida. La austeridad, la sosez, desaparece con los gritos de entusiasmo y la energía infantil.

Señoronas pintarrajeadas que sacan a sus caniches para que caguen excrementos del tamaño de un piñón, opinan, ante semejante despliegue vital, que todo esto es una barbaridad. Echan de menos su grisura.

Señores pegados al transistor amenazan con convocar otra junta extraordinaria de la comunidad en las que se aprueben reglamentos más estrictos.

La luz del otoño. Sus hojas secas barridas por el viento. Charquilones de las últimas lluvias.

Niñas de uniforme con leotardos monjiles. La melodía de los sofocados gritos de alborozo. Rostros congestionados tras correr y brincar.

Mujeres que están al tanto. Encargadas de educar y reconducir arrebatos desbocados. Recogen sus enseres. Guardan sus cotilleos en las bolsas de plástico donde están los bocadillos de la merienda. Convencen a los niños para subir a la casa. Onzas de chocolate para que la tarde no decaiga. Para que el gris de los viejos vecinos, siempre quejumbrosos ante la perspectiva de un nuevo día, no se cuele por debajo de la puerta.

El patio de la casa de Elsa se llena de vida por las tardes. O eso quiero suponer. En Granada. Antes de que lleguen los días de temporal y los patios estén vacíos, empapados de lluvia fría.

Anzuelos en el océano

Los pescadores van ocupando la línea de costa según declina el día. Allí plantan sus cañas y ven pasar el tiempo. Llevan cajas de herramientas que han adaptado a su afición favorita. Tan favorita que casi es más que una afición. Pero que no llega a ser una profesión porque entonces se corrompería.

Una afición debe llegar a ser el leitmotiv de la vida de uno, al menos durante un tiempo. Aunque, por su esencia, no puede llegar a convertirse en una ocupación laboral. En ese caso la afición se arruina y hay que buscar otra. Se deja de disfrutar para cumplir con los compromisos y acuerdos laborales. Con las vacaciones, los puentes. Se empieza a esquivar su realización. Pierde frescura y aparecen las preocupaciones. Esto lo cuenta muy bien G.K. Chesterton en su autobiografía, en uno de los primeros capítulos.

El caso es que las cajas de herramientas no tienen tornillos o llaves inglesas. Están cargadas de plomos, boyas, anzuelos, cebos artificiales y sedales de diverso calibre. También una navaja multiusos y utensilios para desenredar.

Blog_156_rDespués de cebar las cañas las lanzan una a una. No es raro que un pescador tenga a su carga cuatro o cinco cañas para aumentar las probabilidades y el entretenimiento. Cuando voy de camino al squash (una de mis aficiones) recorro la carretera de la costa y veo la orilla del mar jalonanda de estandartes. Son las cañas ancladas al mar, que tiemblan por el viento y la marea. El sol casi en poniente hace restañar los hilos de nailon.

Los pescadores esperan pacientemente su oportunidad. Echan un cigarrito. Meriendan. Soportan estoicos el frío que se mete en los huesos. Charlan entre ellos comentando el pronóstico del tiempo. Rumian sus pensamientos.

Buena parte de las razones de esta afición radica en los ratos de espera e intemperie. En aparcar el coche y seleccionar unas rocas. En comprobar que todo no es perfecto y seguir anhelando que se dé la situación utópica. Cuando eso ocurra todo habrá terminado.

Importan las capturas, pero no tanto. Si se tratase de capturas entonces se enrolarían en un buque de esos que devora el mar y congela a sus habitantes en un santiamén, e incluso los empana a bordo.

No. No se trata de capturas.

Yo voy plantando mis cañas aquí y allá. En un extraño océano. Utilizo como señuelo los libros y cuentos que voy pariendo. A veces con dolor. Amazon es el nombre de uno de esos mares de profundidades insondables.

Y están los concursos literarios. Mares revueltos donde, dicen, abunda la piratería. Parece como si todos los premios ya tuviesen de antemano nombre y apellidos. Me cuesta resignarme a esos juicios.

Así que sigo cebando pacientemente las cañas. Encargando mapas e ilustraciones. Traduciendo textos para probar en el mar de la China o tratar de pescar en aguas escandinavas.

Nunca se sabe. Y, al fin y al cabo, forma parte de la afición, de un entretenido camino que no sé adónde irá a parar.

Atardeceres en el Cabo

Cuando estoy convaleciente me gusta ir al Cabo. Es un lugar adecuado para curar heridas. Desgarros del alma, roturas fibrilares, esguinces.

De septiembre a junio hay poca gente. En los meses de invierno menos. Quedan los lugareños, escasos, y algún desnortado que se fue muy para el sur. Hay alemanes y finlandeses que van en chanclas y pantalón corto, mientras los demás nos tapamos con gorros para combatir la fría humedad que se mete en los huesos.

Verdaderamente es un buen sitio para dar bandazos.

Suelo dejar el coche en La Almadrabilla. Y desde allí me propongo caminar sin rumbo. Aunque luego casi siempre termino por repetir el mismo paseo.

De entrada echo a andar hacia La Fabriquilla. Al sitio de los arroces, que es donde termina la carretera, la península. O también donde puede empezar todo. Una amistad. Al calor de los arroces que hace Antonio.

Blog_153 Atardecer desde La Almadrabilla (Foto de Panoramio encontrada a través de Google Earth. Autor: José Angel, delapeca)

Me encanta pasear pegado al mar. Cuando tiene un poco de carácter. Las crestas de las olas despeinadas por el viento norte. La costa desmoronada por la continua excavación de los temporales. Aguas crípticas, revueltas, grises, que albergan jibias y anzuelos perdidos.

¡Qué diferencia con el verano! El arenal lleno de gente. Ruidosos grupos familiares que montan barracas. Niños que hacen castillos de arena y hablan solos, el colmo de la felicidad. Un calor soporífero que baja las pulsaciones. El mar sin olas. Tan solo un leve balanceo, un palpitar constante. El mar como si fuese la respiración de un enorme ser que duerme la siesta. Y con cada inspiración los pulmones se llenan de aire y el nivel del agua sube. Y tapa las pisadas de los que pasean y arrastra piedras. Y en cada exhalación el mar se recoge y descubre conchas y deja intuir la hondura que provoca el oleaje.

Pero todo es muy leve. Todo ocurre en medio metro de terreno.

Paseo en invierno sorteando los despojos que el mar va vomitando a golpe de borrasca. Y me acuerdo de cuando todos duermen la siesta y yo me meto con el tubo y las gafas y me quedo varado en la orilla, para que el mar me acune. Me voy acompasando sin pretenderlo a ese vaivén vital. Tomo aire y encallo en las arenas pedregosas arrastrado por el mar. Echo el aire y soy arrastrado hacia adentro. Y escucho el sonido prehistórico de los cantos rodados entrechocando. Llevan así miles de años. ¿Millones? ¿Cuánto tardan las piedras en perder sus aristas? Y luego esa sensación me acompaña al cerrar los ojos cuando me voy a dormir. Y oigo el mismo rumor de conchas, caracolas y minerales. Cuando ya me he quitado la arena y la sal. Y la piel está enrojecida. Cierro los ojos y me balanceo prehistóricamente. Un pulmón incesante que hace que el mar suba y baje.

Llego a La Fabriquilla. Está cerrado, como era previsible. Solo en el Angelita parece que hay algún parroquiano. Y entonces decido tomar la carretera que va al faro. Tengo que estar muy convaleciente para darme la vuelta. Aunque a decir verdad a veces no he estado en condiciones ni de coger el coche. Torceduras de grado tres. O uno, que no recuerdo qué es peor en este caso.

Rectifico de nuevo y abandono el asfalto. Son demasiado tentadores los tres montecitos que cierran la península por el sureste. No llevo calzado adecuado para semejante pedregal. Voy con la ropa del domingo. Es decir, que no voy muy zarrapastroso pero me prohibirían la entrada a cualquier sarao, cóctel o boda. Lo cual me place, por otra parte.

Blog_154El final de la sierra de Gata, visto desde El Toyo, Retamar (Foto de Panoramio encontrada a través de Google Earth. Autor: Luis Domingo)

En realidad no hace falta un piolet, ni botas para subir la montañita de trescientos metros. Sin embargo me prometo ir con cuidado para no rajar los zapatos ni destrozarme los pantalones o el jersey de lana. Que me conozco y enseguida empiezo a desmelenarme. Recuerda, me digo, que estás convaleciente.

Subo muuuuuuy despaaaacio. Dando rodeos, evitando trepar, sorteando los palmitos que han ido cerrando el barranco más obvio. Con cada metro de ascensión el paisaje gana en espectacularidad. Se va viendo más línea de costa, una raya blanca de espuma, prácticamente sin construcciones hasta Almería. Se va descubriendo la malla de salinas. En distintas fases de evaporación. Hay cuadrados blancos. Y otros rojos, que deden de estar llenos de esas bacterias que se comen la sal y después se comen los flamencos y se ponen de color rosa. Y hay cuadrados verdes, de verde botella o de verde descomposición. Y por fin hay cuadrados azules, como el mar.

Stitched PanoramaPanorámica de las salinas (Foto: Juan Vázquez)

Subo a la montañita que se ve desde casa. La última de la península. Esa que imagino que cualquier día va a reventar. Y se va a convertir en un volcán.

En la cumbre el panorama es espectacular. Veo el faro del Cabo de Gata y Vela Blanca, que es otra torre de vigilancia, ya hacia Mónsul y Genoveses. Veo el mar que inunda todo. Y el sol frisando el horizonte. Y las nubes.

No es que uno se vaya a curar del todo. Pero es reparador. Bajo más despacio. Ya me he caído otras veces. Son pedregales muy inestables. Hay mucha pendiente. Lo más seguro es avanzar por el terreno más expuesto. Buscar la adherencia de las rocas.

Vuelvo a comprobar –a pequeña escala- que es más difícil bajar que subir.

Anochece, refresca. Las luces artificiales permiten adivinar la línea de costa.

Me meto en el bar de la Almadraba, donde había dejado el coche. Los paisanos están a sus cosas. Que si el partido del plus. Que si estos son unos ladrones. Que si han dicho que la semana que viene llueve. Aunque otro dice que aquí ya ha llovido todo lo que tenía que llover.

Me pido un café americano. Por crear un poco de confusión.

Y me tratan como a un desnortado que ha perdido el sur. Como alguien convaleciente de alguna rara enfermedad.

Y es que tengo cara de eso. Porque a quien se le ocurre subirse al monte, no ver el partido y encima sacar un libro.

Debe de ser extranjero. Son muy raros.

Juan Belmonte, matador de toros de MANUEL CHAVES NOGALES

Nunca pude imaginar que un libro relacionado con el mundo de los toros me pudiese interesar. Pero la biografía de Belmonte, narrada en primera persona por Manuel Chaves Nogales, es un libro magistral.

El periodista sevillano tiene un estilo narrativo que resulta magnético. Dueño de un vocabulario amplio, utiliza frases cortas, sencillas, que dotan el relato de fluidez. No radica en la estructura el poder del relato. Ni en la intriga. La clave es la simplicidad.

Por supuesto que el material con el que trabaja es muy jugoso. Pero cuántas veces con buena materia prima se malogran libros. Por ejemplo Jon Lee Anderson queda lejísimos de Kapuscinski en su reciente La herencia colonial y otras maldiciones, y los argumentos de partida eran magníficos.

Blog_152Vivimos en primera persona cómo se fragua un torero. Desde el barrio de Triana, ayudando a su padre en un puesto de quincalla con el que apenas subsiste la numerosa familia, va emergiendo poco a poco primero el torerillo, después el novillero y finalmente el torero total. Contemplamos con ternura la audacia de Juan y su pandilla de escépticos anarquistas, que se saltan las vallas y las normas para torear a la luz de la luna en las dehesas de los señoritos.

La biografía nos va mostrando los acontecimientos sociales de la época. Los viajes en tren y los viajes en barco a América. La diferencia de clases y la preponderancia del toreo sobre el fútbol. Aprendemos la jerga de la tauromaquia. Da igual no saber de toros para que el libro te atrape. De hecho el autor no era un experto en la materia, ni siquiera un interesado. Le interesaba el personaje.

La existencia miserable, bulliciosa y alegre de Juan Belmonte poco a poco va siendo sustituida por el éxito, la admiración y la envidia. Enemigo de la etiqueta y de las reuniones sociales el torero crece compitiendo con Joselito. La rivalidad entre gallistas y belmontistas marca una época.

Belmonte se retira del toreo y vuelve. Varias veces. Siempre anclado a la autenticidad de su toreo, a sus innovaciones, tratando de mantenerse ajeno al bullicio y las opiniones. Por fin consigue su propia finca, y le toca jugar el papel de patrono, de señorito.

Sólo te falta morir en la plaza, le dijo Valle-Inclán, a un torero atípico, lector empedernido, reflexivo. Un tipo extraño que supo retratar Chaves Nogales de manera impecable y que, contra todo pronóstico, murió lejos del ruedo.